TRAS LAS RUTAS FENICIAS

CAPÍTULO II · LA CAJA DE MADERA

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En la penumbra asfixiante del taller de Tiro, donde el aroma a salitre y tinte púrpura impregnaba hasta la última veta de los pilares de cedro, el maestro artesano examinaba el extraño cilindro bajo la trémula luz de una lámpara de aceite. No era arcilla ordinaria, ni bronce moldeado en las fraguas costeras; su superficie devolvía un destello cobrizo y frío que parecía rechazar la misma oscuridad que lo rodeaba con un magnetismo ancestral.

Los grabados que envolvían su contorno desafiaban las escrituras conocidas de los reinos vecinos. No eran caracteres cuneiformes de los imperios fluviales, ni los estilizados jeroglíficos esculpidos en las tumbas del sur. Cada surco trazado en el metal parecía palpitar con una geometría secreta, una serie de líneas concéntricas que convergían en un sello central, herméticamente cerrado, cuyo relieve representaba un astro de tres puntas.

Se decía que el objeto había sido recuperado del vientre de un navío de quilla negra que encalló sin tripulación en las dunas de Biblos. Los marineros murmuraban que el barco procedía de más allá de las Columnas de Melkart, de un océano sin fin donde las estrellas cambian de posición y el agua hierve al atardecer. El maestro, sin embargo, sabía que la verdad oculta tras el naufragio era mucho más antigua y temible.